REFLEXIONANDO

La pandemia nos ha hecho más viejos, y peores personas, pero sobre esto ya he escrito. El caso es que cuando veo fotos de la gente (al natural se nota menos), tengo la sensación de que los últimos meses les han pasado por encima como si hubieran sido años. Están todos más gordos, y también más arrugados. Lo primero es cosa del encierro, de la nevera llena y del aburrimiento que ha empujado a tantos a los bizcochos caseros y la mousse de chocolate. Lo de la vejez me cuesta más entenderlo, aunque seguro que los ertes, la falta de ingresos, las hipotecas y los alquileres, y los niños y las suegras han tenido mucho de culpa, o toda. El gimnasio ni estira la piel ni sube la papada, y tampoco el sol reduce las arrugas de la cara ni frena la calvicie. El estrago que ha provocado en los cuerpos el confinamiento es la primera desgracia de la entrada en la nueva normalidad.

De todos modos, probablemente nos sobrará tiempo para mejorar, o para no empeorar las cosas aún más, aunque todo es posible. La gente se ha lanzado calle abajo a velocidad de vértigo para volver a lo de antes, aunque dándose hidrogel en las manos y con la mascarilla protegiendo los codos. O sea, la ruta más directa para otra ola de contagios a destajo, quizá esta vez sin colapsar las urgencias ni superar las plazas de UCI, pero provocando encierros y nuevas cuarentenas, que son precisamente las que arrugan y engordan. La inconsciencia es el trágico resultado de la debilidad de la memoria, y un poco de la imbecilidad humana, esa llamativa tendencia a que ande yo caliente, ríase la gente, que con esto del coronavirus es tanto como decir que la infección es cosa de otros porque a nosotros no nos ha caído cerca. Los muertos se convierten en cifras y gráficos y curvas, y el contagio en un asunto de residencias y fábricas de embutido. Así se llenan parques, y entradas a los centros comerciales, y terrazas, y tiendas de ropa, y bares nocturnos. Y a la vuelta de la esquina, los centros de salud y las urgencias de los hospitales, pero para cuando eso llegue, que me quiten lo bailao.

Durante semanas, las mascarillas han sido el cha-cha-chá sanitario, a ratos que sí, y a ratos que no. Cuando el pánico inducido por las ruedas de prensa de la autoridad al mando me empujó a comprarlas, en la farmacia me vendieron 4, a precio de salmón. Ahora, los chinos las tienen de colores, con dibujos, a la moda, y en cualquier costurera las puedes encontrar hechas a mano, con bolsillo para filtro, y según quien las haya cosido, también a coste de oro. En general, llevar en los morros un trozo de tela a la última para reivindicar estilo, sentido del humor o ideología, es tan fácil como dejarse caer por un todocien del barrio. Pero hasta eso cuesta cuando el toro parece que ya ha pasado. La cantidad de cretinos que han entrado en la vieja normalidad cuando se han abierto las puertas de la nueva crece cada día, tanto como las posibilidades de que el virus vuelva bailando la conga antes de haya vacuna y tratamiento. La raza humana tiene una capacidad increíble para saltar al vacío y con los ojos cerrados en cualquier pozo de autodestrucción que se le ponga por delante, y lo hace sin más miramientos que la pose para un par de fotos para las redes sociales mientras se deja de hacer pie.

Y he aquí que así, inasequibles al desaliento, vamos escribiendo la historia de este año malhadado. Y la del siglo. Con el desastre de los miles de muertos como recordatorio de un drama que a muchos se les ha olvidado al tiempo de poder coger el coche y marcharse a la playa a echar unos días. O al de salir a celebrar no sé bien qué en mesas de 15 en una acera con bien de cerveza y de gintonics después de comer. Somos el absurdo mamífero que más fácilmente olvida la desgracia, porque a veces ni instinto de supervivencia tenemos. Por eso nos juntamos por decenas sin respetar la distancia ni usando mascarilla. Porque somos más chulos que un ocho y esto del virus jiji-jaja.